Tom Holland: Dominion o por qué seguimos siendo cristianos | Bruno de Jesús Rahmer

«Nuestras artes se han desarrollado dentro del cristianismo, en él se basaban hasta hace poco las leyes europeas. Todo nuestro pensamiento adquiere significado por los antecedentes cristianos. Un europeo puede no creer en la verdad de la fe cristiana pero todo lo que dice, crea y hace, surge de su herencia cultural cristiana y sólo adquiere significado en relación a esa herencia. Sólo una cultura cristiana ha podido producir un Voltaire o un Nietzsche. No creo que la cultura europea sobreviviera a la desaparición completa de la fe cristiana. Y estoy convencido de ello, no sólo como cristiano, sino como estudiante de biología social. Si el cristianismo desaparece, toda nuestra cultura desaparecerá con él». (T.S. Eliot).

Apunta certeramente Jacqueline de Romilly en su magnum opus  La  Grecia  antigua  contra  la  violencia1 que la Odisea, la Teogonía y los Himnos homéricos son construcciones literarias pletóricas de contenido imaginativo en las que abundan las teomaquías y las reyertas entre entidades sobrenaturales. “La mitología griega es terrorífica. Lo es, sobre todo, en sus comienzos, lo que no es un dato desdeñable. Estos comienzos están expuestos en la Teogonía de Hesíodo, la primera obra literaria de Grecia tras el ciclo homérico. Esta obra, como su nombre lo indica, narra los comienzos y el nacimiento de los dioses que precedieron el reinado de Zeus y los Olímpicos. Se puede decir que las generaciones divinas rivalizan, de alguna manera, en el horror”2. Tal grado de violencia, divina a la vez que visceral, se canalizaba en la masa de humanos que, impertérrita, contemplaba cómo un panteón de dioses falibles ejercía a discreción su voluntad arbitraria. “La mitología griega está formada por un entramado de violencia sin número. La acción divina se presenta como una serie de intervenciones brutales y más o menos arbitrarias, y las obras literarias no dejan de reflejar el temblor de los hombres ante el pensamiento de esas violencias siempre posibles”3. Nada de lo descrito aquí es trivial. Todos los símbolos imperecederos -además de los ya mentados- e instituciones del crisol cultural griego fueron legados al mundo contemporáneo: La democracia ateniense, la filosofía presocrática, la ciencia y las falanges de Alejandro Magno. Por tanto, se puede arribar al veredicto conclusivo que occidente es filial de los pueblos de la Hélade.

Trasladémonos unos cuantos siglos hacia adelante. El lector quizás encuentre ciertos eventos en la historia del Antiguo Continente como irrelevantes, no así para el autor de Dominion. En la obra que reseño, Tom Holland describe sin pretensiones rimbobantes y de modo lacónico, los sucesos que acaecen en lugares inaccesibles al imaginario del ciudadano promedio. El escritor británico cubre acontecimientos que, prima facie, no revisten trascendencia para el lector avezado. En su narrativa se mencionan hechos como la persecución de devotos cristianos en Lyon en el 177, un caso de herejía en Milán en 1300, y cómo en una tarde del 29 de noviembre de 1825 un cirujano británico llega a las orillas del río Vishwamitri, para presenciar la quema de una joven en Baroda. A pesar de su aparente insignificancia, advierte el autor, tales eventos demostraron ser los catalizadores de transformaciones cualitativas posteriores. En las grandes narrativas históricas solemos explicar con lujo de detalles, los acontecimientos a gran escala y las efemérides. Sin embargo Holland focaliza su atención en estos hitos, no por azar, sino con el objetivo de introducirnos a una singular y compleja narrativa que pivota sobre un tema controvertible: cómo el cristianismo configuró la mente occidental.

Tom Holland, autor de Dominion: How the Christian Revolution Remade the World, publicado en el 2019, cavila sobre la naturaleza del cristianismo y su patente influencia en el desarrollo de la cultura occidental y sus “hijos bastardos”, verbigracia, América del Norte y Australia. Investigadores como Joe Henrich, Robert K. Merton o Michel Onfray -que han explorado los entresijos de la idiosincrasia europea- convergen en una tesis ineluctable: los basamentos filosóficos y axiológicos que sustentan nuestra civilización, están inextricablemente entretejidos con el paradigma judeocristiano. 

Holland afirma que el acervo cultural de occidente no es un subproducto de Atenas o Roma, sino de Jerusalén. De acuerdo con el historiador, no podrá negarse bajo ninguna circunstancia que las ciudades mediterráneas, de hecho, signaron profundamente la cosmovisión occidental, pero no en el mismo orden o magnitud que el cristianismo. Nuestras nociones del tiempo, la separación “hipostática” entre la vida pública y la privada, nuestra visión del humano como criatura singular y con valor intrínseco, la acendrada devoción por la clemencia y la misericordia; así como la creencia en verdades trascendentes y otras señas de identidad que adoptamos, hunden sus raíces en la fe cristiana.

La tesis central del libro es que el cristianismo modificó enteramente el mundo latino sin desechar la cultura clásica. Lo que hizo fue transformarla de modo paulatino. Dos milenios fueron necesarios para tal efecto. Por ejemplo, los cristianos no abandonaron el matrimonio, sino que remozaron desde dentro las prácticas conyugales transferidas del mundo antiguo. De este modo, infundieron en esta institución primordial un significado cualitativamente distinto: éste ya no sería el territorio de la dominación masculina, sino un pacto vinculante y sempiterno, establecido para el servicio y el amor mutuo entre pares. 

CONCEPT ART

El alcance del libro es, sin duda, prodigioso: va desde la antigua Persia y explora su incidencia en la formación de la doctrina cristiana y circula por el pensamiento teológico de Martin Luther King; parte desde la vida de Orígenes hasta las mordaces invectivas nietzscheanas, desde los cantos gregorianos y la liturgia medieval hasta los conciertos extravagantes de los Beatles. En su relato, tampoco olvida a los monjes ermitaños emplazados en Libia ni los misioneros que cristianizaron el Raj británico. En una magnífica página, Holland batalla contra falsificaciones históricas y contra la idea tendenciosa de que los cristianos, movilizados por el insaciable fanatismo y una infranqueable determinación por erradicar el saber pagano, habían obturado el progreso del mundo. 

Nietzsche, afirma Holland, percibió que los intelectuales europeos rechazaban ex profeso al cristianismo y se autodenominaban librepensadores. Pero argumentó que, a pesar de que el orden moderno se había desembarazado de estructuras institucionales que canalizaban las creencias espirituales, todavía seguía engastado en universales abstractos, como los derechos del hombre y el cuidado de los humildes y menesterosos. A pesar de su inquina contra la cristiandad, el filósofo prusiano pensaba que todas estas ideas eran exclusivas del cristianismo. Tales presupuestos axiológicos, apunta el autor, no se propagaron en los entornos culturales de oriente. Los estoicos y epicúreos interpelados por Pablo los rechazaron ipso facto. Las culturas del honor de la arcaica Europa pagana (anglos, sajones, francos y demás pueblos) pensaban que algunos imperativos éticos sostenidos en la cosmovisión cristiana -como perdonar a los opositores y honrar a los sujetos frágiles- eran inservibles para cimentar los pilares de una sociedad cohesiva y medianamente funcional. Tales ideas no hubiesen sido adoptadas a menos que los individuos se aferraran a un Dios único y personal que engendró a todos los seres racionales a su imagen y semejanza. El celebérrimo aforismo de aquel hombre frenético -que aparece en Ahabló Zarathustra-, mientras sostenía una lámpra y entonaba un requiem æternam deo, devela una verdad sentenciosa: la única forma de vivir en oposición a tales principios éticos implica admitir explícitamente que el Dios cristiano ha fenecido.

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Holland sintetiza su obra magna con una aguda denuncia en contra de la generalizada hostilidad hacia el cristianismo y su aparente efecto lesivo sobre el conjunto de la sociedad. El finado Hitchens afirmó en su momento que la religión era “violenta, irracional, intolerante, aliada del racismo y el tribalismo». Sobre este respecto Holland es taxativo: El hecho de que esta narrativa sea falsa no impidió que se convirtiera en un mito ampliamente popular. Luego agrega que la creencia de Darwin en la existencia de leyes universales o regularidades nómicas susceptibles a ser aprehendidas por la razón humana lo vinculan directamente con el santo monje Pierre Abélard. El ínclito clérigo católico tuvo una estancia accidentada en la Universidad de París por su acendrada oposición al realismo natural escolástico y su tórrido romance con Eloísa. 

Tom Holland perfora mitos comunes sobre el cristianismo y el secularismo en cada capítulo, aunque no deja a la iglesia libre de culpa por sus innumerables despropósitos y actos demenciales. Tampoco pasa por alto el hecho que los sedicentes seculares han internalizado la ilusión de que sus valores son autoevidentes o meros subproductos de un novus ordus seculorum, desligado de los grilletes del absolutismo religioso. Bien es cierto que los conflictos religiosos sembraron un caos sin precedentes en la Europa medieval y renacentista: el cisma entre ortodoxos y católicos, la guerra de los treinta años, la masacre de los hugonotes y la quema de brujas en Salem, son sólo algunos de los múltiples episodios funestos que podrían mencionarse. Una miríada de conflictos con un patente móvil religioso terminaron por diezmar a la población europea y derruir el orden político tradicional.

Unas siete décadas antes del nacimiento de Jesús de Nazaret, cuenta aquella antiquísima leyenda de los helenos, que el príncipe de Dardania, Eneas, huyó de la inminente destrucción de Troya cargando sobre sus hombros, a su padre Anquises y a su hijo Ascanio. Unos lustros después, sus descendientes, Rómulo y Remo, acompañados de malhechores y errabundos que fueron exiliados de sus lugares de origen, erigieron un nuevo asentamiento junto al río Tíber: la Roma eterna. Aproximadamente en el año 80 d.C. Juan enhebra el relato biográfico de otra figura fundacional, con una escena diametralmente distinta. Un grupo de pescadores erráticos en estado de indefensión absoluta, se sientan junto a la orilla de un lago durante el alba. Un carpintero de Nazaret se acerca y tres veces le pregunta a uno de sus discípulos si le ama. Tres veces Pedro asiente con vehemencia, y el maestro responde con un tono sosegado: «Apacienta mis ovejas».

Entre el rapto de las sabinas, el fratricidio de Remo a manos de su propio hermano y el último acápite del Evangelio existe una distancia tan vasta como el espacio temporal que separa la contemporaneidad del mundo prerromano. 

Rómulo y Remo. Los orígenes de Roma - Guía En Roma

La fe cristiana configuró una estructura de sentido novedosa, una matriz narrativa novelesca en la que se intersecta lo contingente y lo eterno: granos de mostaza comparables con reinos trascendentes, hijos díscolos que vuelven al seno de su hogar abandonado, samaritanos benevolentes que traspasan barreras culturales. Pero la verdadera fuerza del cristianismo reside en la heteronomía de su marco moral, que consta de prescripciones e imperativos destiladores de una simpleza rayana: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, “no se enseñorean de los demás”, “sean compasivos, así como su Padre es compasivo”. Nada de esto implica, por supuesto, que aquellos tropos recurrentes en el universo greco-romano hoy sean caducos. El paradigma judeocristiano aunque es una metanarrativa que totaliza la explicación del mundo, no condena al desván del olvido, aquél universo heteróclito en el que convivían las deidades del Olimpo, imperfectas y humanas… demasiado humanas. Ésta matriz teológica se yuxtapone con el mismo cosmos que atestiguó la tensión dialéctica entre Antígona y Creonte, el ascenso fugaz de Ícaro, abrasado por el sol inclemente y el castigo de Sísifo en el reino de Hades, trasunto de la postmodernidad con toda su rotundidad absurda.

Al final, Holland lleva razón en un asunto: algo completamente nuevo vino al mundo con Jesús de Nazaret y a pesar de negarlo explícitamente, todos somos acreedores de su legado. Esto seguirá siendo cierto aunque las veleidades de la historia y el nihilismo que enmascara el mundo contemporáneo hayan embotado nuestra sensibilidad para comprender semejante premisa inexpugnable.

Notas

  1. DE ROMILLY, Jacqueline. La Grecia Antigua contra la violencia. Madrid. Editorial Gredos, 2010.
  2. DE ROMILLY, op. cit., pp.61-62.
  3. DE ROMILLY, Ibid. p.61.

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