Una brevísima introducción a la filosofía | Bruno de Jesús Rahmer

¿QUÉ ES LA FILOSOFÍA?

Sería una bucólica pretensión o un desiderátum utópico el intentar sintetizar en escasos renglones, toda la variedad y extensión del terreno reflexivo sobre el que opera el saber filosófico. De antemano pedimos excusas al lector al embarcarnos en semejante empresa.

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Si hubiese alguna posibilidad de fechar el inicio de la denominada filosofía occidental sería preciso retrotraerse al 28 de mayo del 585 a.C. aprox. En el día mentado, el polímata milesiano, Tales vaticinó la ocurrencia de un eclipse solar alrededor de las seis de la tarde… Y así fue.

La idea subyacente detrás de esta acertada predicción es que existe un cosmos accesible epistémicamente y cuyo devenir no está supeditado enteramente al albur de las voluntades de entes metafísicos. Una concepción embrionaria sobre la inteligibilidad y mensurabilidad de las regularidades cósmicas y la certidumbre de que todo proceso natural o cósmico está reglado por leyes (nomos) naturales que no tienen sede en el inescrutable mundo de lo esotérico o en el panteón de los dioses, inescrutable para los efímeros mortales. Este fue el punto de inflexión de la historia humana. Con esta tentativa se esbozan las primeras metáforas -trazadas por una mera necesidad pragmática- de la discursividad científica, esas rudimentarias reflexiones sobre la esencia y las propiedades de los entes, sobre la dinámica de las causas y los efectos de los fenómenos percibidos por el sujeto cognoscente. De este modo, la aparente legalidad de la naturaleza es captada por el hombre a través del ejercicio analítico.

Aunque las primeras aproximaciones a los orígenes del cosmos pueden considerase triviales dado nuestro estado de conocimiento actual, el «milagro griego» orientó a todo pensador subversivo a auscultar en la naturaleza para obtener explicaciones racionales sobre el mundo visible y el «arché», sustancia primigenia y principio último constitutivo de la realidad.

La reflexión filosófica es la actividad racional por antonomasia. En tanto aprehensión intuitiva, posee un carácter especulativo aunque parte de la empiria. Puede valerse de relatores universales y se caracteriza por la inquisitiva permanente

De forma liminar, la filosofía puede caracterizarse como aquella actividad intelectual que consiste en un pensamiento ilimitadamente recursivo, generalizado y multidireccional. Su objetivo ulterior es inquirir sobre el contenido concreto, los modos específicos de argumentación y la finalidad de tal actividad humana. La filosofía​ -en el sentido contemporáneo del término- ha de entenderse como saber generalizado, que se arroga el privilegio sobre todas las metareflexiones o reflexiones de segundo orden. Versa sobre una gama heterogénea de problemas y asuntos fundamentales ligados a cuestiones como: la existencia humana, las condiciones posibilitantes del conocimiento, los juicios axiológicos y estéticos, la naturaleza de la mente y el lenguaje, entre otros. Dada su naturaleza radical se distingue de otros marcos gnoseológicos: de los relatos míticos y saberes legendarios, de las ciencias ocultas y las verdades inefables que allí se comunican. ​La actividad filosófica no es una entidad aislada o monolítica. El atributo «filosófico» es un atributo (im)predicativo, pues al aplicarse a cuestiones o enunciados de cualquier índole sólo es posible la aplicabilidad de tal noción si está auscultado todo el campo de aplicación del la misma.

El argumentario del filósofo es formal y riguroso. Insiste en la necesidad de proporcionar una visión panorámica sobre cualquier empresa racional llevada a cabo por el ser humano, dotándola de sentido, y proporcionando una cuadrícula conceptual con miras a garantizar la comunicación interdisciplinar. Otro de los propósitos cardinales del quehacer filosófico es superar los límites existentes entre disciplinas unitarias. La filosofía no está encerrada en sus torres de marfil, tampoco se restringe únicamente a enhebrar preguntas laboriosamente construidas y potencialmente interminables. Podría caracterizarse la actitud filosófica como «crítica» y, en virtud del principio de recursividad, autocrítica infinita.

A nivel fundacional la filosofía proporciona una guianza invaluable para otras disciplinas de primer orden. Define cuáles supuestos son más plausibles en contraste con otros, delimita qué cuestiones son susceptibles a reflexión filosófica y cuáles han de ser excluidas. Asimismo, suprime vaguedades y juegos nominalistas vacuos en el proceso de construcción de aparatos teóricos complejos. La utilidad de la filosofía estriba en su capacidad para ampliar la esfera de evaluación racional de problemas aparentemente intuitivos para el profano e inquiere sobre asuntos que no se exploran en dominios de análisis más elementales. A menudo, los científicos soslayan la reflexión filosófica que pivota sobre sus propios esferas de acción, pues están embarcados en modalidades de investigación pragmática. Empero, suelen partir de un cúmulo de presupuestos filosóficos que ameritan ser reevaluados ante avances o descubrimientos efectuados en sus respectivas matrices disciplinares.

En suma, la filosofía se asienta sobre un vector unitario de nociones primitivas, elementales e inderivables, de las que se valen todos los sistemas de conocimiento sistemáticamente ordenados y tecnologías de suma valía instrumental. Quizás el rasgo más fascinante del despliegue del saber filosófico es su carácter fiabilista y provisorio y, por tanto, su incapacidad para agotar toda aproximación interpretativa a lo fenoménicamente existente (y a lo no existente en algunos casos).

Una aproximación somera al método filosófico permite detectar paralelos comunes con otras disciplinas del saber general. El método filosófico es, por antonomasia, el método de investigación racional. Así como el científico, -en términos muy próximos a los expresados por Aristóteles- el filósofo, basilarmente, inquiere sobre lo universal y las cosas necesarias. Es capaz de perseguir el conocimiento teórico, productivo y práctico, concomitantemente. Emprende la búsqueda de la inteligibilidad inmanente del devenir existencial. Tanto la filosofía como su hija putativa, la ciencia, se fundamentan en la actitud general de uso sistemático del raciocinio. Es la semilla nutricia y fundamento primordial de todas las áreas del conocimiento humano.

Los cultores de la filosofía occidental siguieron algunas pautas comunes en el discurrir de sus razonamientos: Cuestionarse sobre problemáticas fundamentales, proponer soluciones que llevaban aparejadas justificaciones racionales y, finalmente, derivar consecuencias particulares y/o generales a partir de las respuestas provisorias que surgieran.

Aristóteles y Platón

Dada la radicalidad de la reflexión filosófica y la amplitud de su andamiaje metodológico, las materias que pasan por su tamiz son múltiples: desde el saber mítico hasta el saber científico; desde el análisis de lo natural hasta el dominio metafísico; desde las valoraciones subjetivas hasta lo que se nos presenta como dado. El saber filosófico se dirige al intersticio, donde no penetran las heurísticas, los sesgos y el pensamiento desiderativo.

SUBDIVISIONES DE LA FILOSOFÍA

A tenor de los expuesto antecedentemente, es posible segmentar -sin ánimo de exhaustividad- la filosofía en un número acotado de subramas y problemas que la componen, así como también, en tradiciones filosóficas. La filosofía occidental se escinde en dos tradiciones que, prima facie, no son sintetizables en pocos términos:

En primera instancia, la filosofía analítica, centrada en el análisis formal y los lenguajes ordinarios. Se caracteriza por un palmario escepticismo hacia la tradición metafísica, el énfasis en la rigurosidad metodológica y el análisis empírico-racional de los fenómenos accesibles para el quehacer científico. Su contraparte, la tradición continental, está signada por una patente impronta especulativa y se caracteriza por focalizar su análisis en la experiencia y agencia humana (contingente y variable). Asimismo, adopta una postura comprensivista de los fenómenos sociales.

Una miríada de escuelas filosóficas se engastan en la tradición continental: fenomenólogos, existencialistas, idealistas, post-estructuralistas, teóricos críticos y otra cantidad inabarcable de vertientes. Sin embargo, una forma mucho más refinada de subdividir las áreas de reflexión filosófica puede hacerse en función del objeto de estudio. En ese sentido, pueden identificarse las siguientes ramas:

  • La metafísica. Es el área de la filosofía que se ocupa de la naturaleza última de la realidad. La metafísica puede abarcar amplias áreas de la filosofía, y la mayoría de las otras escuelas de pensamiento recurren a ella para obtener definiciones primitivas. Esta subrama estudia la naturaleza, estructura, componentes y principios fundamentales de la realidad. Tal reflexión implica la elucidación de sendas nociones fundamentales que son útiles para instalarnos y comprender el mundo. Algunas preguntas fundamentales de la metafísica son:

 ¿Qué tipo de entidades existen? ¿Existen solo entidades particulares o también existen entidades universales? ¿Cuál es el fundamento de la existencia misma?

La metafísica plantea interrogantes sobre las propiedades y la esencia de los objetos .

 ¿Cómo existen las ideas si éstas no tienen propiedades mensurables físicamente?

Y ya que afirmamos que una idea no se extiende en las coordenadas del espacio-tiempo, convendría preguntarse ¿Qué es el espacio? ¿Qué es el tiempo? Éstas cuestiones y otros galimatías le conciernen a quien se adentra en el nebuloso terreno de la metafísica.

  Por ejemplo, considere los entes abstractos de la lógica y la matemática: un filósofo podría cuestionarse: ¿los entes ideales son fácticamente contingentes, lógicamente necesarios? ¿Tales entidades pueden ser emplazadas en la realidad? ¿Cuál es su composición? O también convendría preguntarse ¿Qué es el espíritu? ¿O el alma? ¿O acaso esto reviste importancia alguna?

El término metafísica es amplio y circunscribe postulados filosóficos que circulan desde el ámbito de la cosmología hasta la ontología.

  • La lógica. Es otra de las ramas del saber filosófico. Implica el estudio de sistemas formales (lógica modal, de primer orden, etc.) y el proceso sistemático de construcción de razonamientos que ostenten propiedades normativas deseables como la validez. En términos genéricos, la lógica proporciona un set de procedimientos formales, modelos de simbolización eficaz y reglas operatorias que guían la investigación: observación e introspección, deducción e inducción, planteamiento de hipótesis y diseños experimentales, análisis y síntesis.
  • La axiología. Es el estudio de los juicios de valor ético y los fundamentos morales de la conducta humana. En ocasiones, “teoría del valor” se usa como sucedáneo de “axiología”.

Generalmente suelen definirse tres ramas de la ética:

  • Metaética. Reflexiona sobre la génesis de los principios éticos y la significación intrínseca de las declaraciones ético-normativas; permite evaluar si tales son independientes de los juicios humanos, convenciones sociales o son absolutas. Asimismo, posibilita la formalización de los enunciados axiológicos, vía lógica deóntica.
  • La Ética normativa. Versa sobre el análisis de las obligaciones morales y la posibilidad de aplicación de criterios éticos en circunstancias posibles. Sitúa en relieve cuestiones como la determinación de principios morales universalmente aplicables, consecuencias de la agencia moral humana y la definición de deberes vinculantes.
  • Ética aplicada. Indaga sobre cómo las teorías éticas pueden contribuir significativamente a la resolución de problemas controvertidos. La casuística de la ética aplicada toma en consideración aspectos de orden científico y técnico-legal.

    Algunas preguntas importantes en axiología incluyen las siguientes:

Naturaleza del valor: ¿es el valor la mera satisfacción del deseo, un sentimiento moral, una preferencia, una disposición conductual o simplemente resultado del interés egoísta?

Criterios de valor: de gustibus non (est) disputandum. ¿Se evalúan, estrictamente, las preferencias subjetivas o han de aplicarse estándares objetivos?

Estado del valor: ¿cómo se relacionan los valores con los hechos (científicos)? ¿Qué valor final tienen, si los hay, los principios éticos humanos?

  • La estética. Es el dominio de la filosofía que estudia sendas cualidades como la belleza y la forma en que las percibimos. Abarca las reflexiones en torno a la forma en que se producen sensaciones y emociones repulsivas o positivas en los espectadores.

En los recintos académicos suelen sostenerse dos posiciones antipodales sobre la naturaleza de los juicios sobre la belleza: el juicio objetivo y subjetivo. La belleza entendida como juicio subjetivo sugiere que ésta se supedita a las valoraciones humanas: lo que agrada estéticamente al observador es bello, porque lo es así para él y no porque existan propiedades estéticas externas y objetivas aprehensibles por el ser humano. Alternativamente, aquellos que asumen una visión objetivista de la belleza sugieren que ciertos elementos pueden contener propiedades estéticas como la simetría y el equilibrio. Tanto Platón como Aristóteles se adherían a la segunda visión. Algunos, como Immanuel Kant, adoptaron una posición intermedia, sosteniendo que la belleza es de naturaleza subjetiva y que existen cualidades de validez universal.

Otra rama del saber filosófico es la epistemología. Esta posibilita el escrute de las condiciones socio-pragmáticas y psicogenéticas del conocimiento obtenido vía investigación científica. Asimismo, permite discernir los criterios normativos y atribuciones epistémicas de enunciados como: la evidencia, racionalidad, justificación, fiabilidad, etc. La filosofía de la ciencia inquiere sobre los aspectos fundacionales del conocimiento y la praxis científica. Igualmente, permite realizar un análisis diacrónico de la evolución de las teorías y determinar si el saber científico devela la “esencia” de entidades no observables y las regularidades accidentales de la naturaleza.

La epistemología se asienta sobre ciertas tesis fundamentales como: el realismo ontológico (el mundo cognoscible existe independientemente de la mente del espectador), legalidad de la naturaleza (son detectables estructuras nómicas regionales en la naturaleza y pautas invariantes accesibles epistémicamente) y la tesis gnoseológica de la inteligibilidad (el humano, en tanto ser racional, ostenta la capacidad de comprender con cierto nivel de exhaustividad, la realidad en la que halla inserto).

CONCLUSIÓN

A modo de síntesis, puede afirmarse taxativamente, que la reflexión filosófica implica la cooperación coordinada e interdisciplinar, generalmente, entre áreas del saber que son compatibles entre sí. Por tanto, la reflexión filosófica abre la vía para un enlazamiento integrativo de las diversas disciplinas. Por supuesto, es preciso acotar que esto no socava la eficacia de los instrumentales metodológicos o arsenales conceptuales circunscriptos en estas áreas, sino que, por el contrario, la apuntala. La labor filosófica, presupone una perspectiva de complementariedad sistémica, un esfuerzo indagatorio y convergente, que procura superar la parcelación hiperespecializada del saber empírico y racional. La filosofía se sitúa en un nivel superior de integración disciplinar, que garantiza la reciprocidad en los intercambios informativos. Así, pueden existir cuantas reflexiones filosóficas como disciplinas del saber existan. De allí, que cualquier posibilidad de agotar su campo de aplicación sea una empresa inconcebible.

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