El Demiurgo platónico y el Dios cristiano, ¿son iguales? | Leo Contreras

El Demiurgo platónico

El Demiurgo puede entenderse como un artífice, el “dios creador” en la filosofía platónica. Sin embargo, hay diferencias con el Dios cristiano que no se pueden soslayar. Cuando estudiamos el origen de las principales doctrinas cristianas no podemos sino asombrarnos de las batallas filosófico-teológicas de los primeros padres apologetas de la iglesia –los inicios de la patrística– con las diferentes corrientes filosóficas, como el neoplatonismo.

¿Qué era el neoplatonismo?

El neoplatonismo, dice Pannenberg, fue “la tercera de las fases en el desarrollo del platonismo antiguo, fue fundado en el siglo III d.C. en Alejandría por Antonio Sacas y sobre todo por su alumno Plotino. En 244 Plotino abriría su propia escuela en Roma” [1]. A este respecto, el filosofo Humberto Giannini agrega:

“Los antiguos pitagóricos concebían la unidad o mónada como aquello de lo cual, permaneciendo siempre ‘uno’, emanaban todos los números (y todas las realidades también). Plotino identificará la Idea platónica de Bien con la Mónada pitagórica (Unidad). Y llamará ‘Uno’ a la suprema esencia de la cual emana todo lo que es: tanto lo espiritual como lo corporal. Ahora bien, el nuevo concepto que aparece en la filosofía de Plotino, respecto a la de Platón, es el concepto de ‘emanación a partir de lo Uno’ [2].

Huelga decir que judíos como Filón de Alejandría y teólogos cristianos como san Agustín se sintieron especialmente atraídos al pensamiento platónico, en especial con el arribo de los platónicos a la idea de un dios trascendente, eterno y providente (idea tomada del estoicismo). Para Pannenberg, san Agustín, p.ej., aplicó Romanos 1:19 casi exclusivamente a estos filósofos, considerando que se habían acercado mucho al cristianismo, concibiendo una idea de Dios similar y aproximándose incluso a la doctrina de la Trinidad –probablemente pensando en la doctrina platónica de los tres principios–. Sólo les faltó intuir la encarnación. La concepción de Dios así generada por el platonismo estaba en muchos sentidos cercana a la idea bíblica del Dios creador. “El hechizo que la filosofía platónica ejerció sobre la teología cristiana –dice Pannenberg– (…) provino de la idea de un Dios ‘espiritual’ único que, siendo diferente del mundo sensible, es a la vez el creador de este último” [3]. En cambio, un acercamiento más riguroso de inmediato arrojó luces sobre las diferencias y las consecuencias que las ideas platónicas tenían para la comprensión de la teología cristiana.

El Demiurgo y la Trinidad cristiana

Si bien los teólogos cristianos veían en la figura del Demiurgo del Timeo una analogía con el Dios del Antiguo testamento, “en ella, en efecto, no es posible reconocer ni siquiera un solo punto en común con la posterior teología cristiana de la Trinidad” [4]. Con todo, recordemos que el platonismo evolucionó en su tercera fase al neoplatonismo. Si bien Platón postuló la doctrina de los tres principios: el Nous, las Ideas y el Alma., Plotino sustituyó dicha tríada por una distinta: lo Uno, el Nous y el Alma. Como es obvio, tanto la tríada platónica como la neoplatónica evocaban cierto paralelismo con la doctrina de la Trinidad, pero ¿hasta qué punto? Esta similitud es lo que, con toda probabilidad, llevó a san Agustín a poner de relieve lo cerca que habían estado los filósofos griegos de arribar a las principales doctrinas cristianas. Sin embargo, paralelismo o similitud no es sinónimo de congruencia, así que la etapa siguiente es buscar las diferencias. En su Doctrina bíblica Wayne Grudem resume de esta manera la doctrina de la Trinidad:

“Finalmente, se puede decir que no hay diferencias en deidad, atributos o naturaleza esencial entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Cada persona es plenamente Dios y tiene todos los atributos de Dios. Las únicas distinciones entre los miembros de la Trinidad están en la manera en que se relacionan entre sí y con la creación. En esas relaciones desempeñan funcionen o papeles apropiados para cada persona” [5].

Mientras que para Plotino desde lo Uno emana toda la realidad por superabundancia, pero a la vez hay una suerte de degradación debido al alejamiento de lo Uno de aquello que se distancia –y genera jerarquías o niveles de acuerdo con esa proximidad–, el Padre es inmutable (Santiago 1:17) y no crea a través de una superabundancia de sí; tampoco lo hace por recurso a diversas hipóstasis (o realidades)que comienzan de manera escalonada en el Padre, pasando por el Hijo y arribando, con la asistencia del Espíritu, al mundo sensible ‘caído’. Esto no es lo que encontramos en las escrituras, lo que Dios creó (materia) fue desde un principio bueno. Y el Espíritu ‘Santo’, que en la doctrina neoplatónica tomaría el rol del Alma del mundo, no procede del hijo y es imposible que genere algo malo. Como sostiene Giannini: “la materia sensible es casi un no ser, es el mal por la multiplicidad ciega y por la dispersión que provoca” [6]. Por otro lado, este tránsito escalonado comienza por lo Uno invisible hacia la materia sensible. No encontramos tal tipo de obra creadora en las escrituras, sino una voluntad creadora común a todas las personas de la Trinidad. Podemos, entonces, concluir con certeza que no hay congruencia entre la doctrina neoplatónica de los tres principios y la Trinidad cristiana.

El Demiurgo y la materia preexistente

El Demiurgo actúa dándole forma a una materia preexistente, mientras tiene su mirada en las “ideas primordiales” o eternas –que tienen existencia independiente–. Lo creado –en el sentido de “dar forma”– es una copia de tales ideas. En contraste con esta idea platónica, “el primer teólogo cristiano en afirmar de forma explícita que la materia es también creación de Dios fue Taciano, discípulo de Justino” [7]. Doctrina que teólogos posteriores como Teófilo de Antioquía e Ireneo de Lyon conservaron, apoyados en la tesis de que la voluntad divina soberana era la única causa de la creación. Sin embargo, como enfatiza Craig, si bien Taciano fue el primero en explicitar la creatio ex nihilo, no deberíamos concluir que tal doctrina fue una ruptura en la continuidad teológica existente hasta el último cuarto del siglo II, una “novedad teológica”. Al contrario, existe un hilo conductor entre Taciano y su maestro. “Justino –dice Craig– sostiene que Dios y la materia no formada no son coeternos” [8] y que, “(…) después de todo, Taciano, haciendo eco de las palabras de Justino, declara que la materia fue ´generada [gennete]’ y no ´generada por nadie más´ excepto por Dios. Taciano afirma que Dios es ‘sin causa [anarchos]’, y es distinto a la ‘materia [he hyle]´” [9]. “(…) lo que seguramente a ningún pensador griego ni siquiera le hubiese pasado por la mente –enfatiza Giannini– es una producción desde la nada (creatio ex nihilo). Una tal concepción hubiese parecido un verdadero escándalo para la inteligencia” [10].

A pesar de ello, no podríamos afirmar que hay unanimidad respecto a si la doctrina de la creatio ex nihilo es fundamental y, en consecuencia, debería ser defendida por el teísmo cristiano. Filósofos como Richard Swinburne, por ejemplo, postulan que nos es requisito del teísmo cristiano negar la eternidad del universo [11], al igual que Ian Barbour [12]. Con todo, el consenso mayoritario apuesta por una creatio ex nihilo: Dios es creador de la materia, la energía el espacio y el tiempo. A modo de ejemplo, podemos ver una referencia cristiana a la creación de Dios a partir de materia preexistente en el sentido del Timeo en el libro de Sabiduría:

“Tu mano omnipotente, que de la materia sin forma creó el mundo, hubiera podido fácilmente…” (Sabiduría 11:17).

Y, tal vez, el testimonio más temprano de la creatio ex nihilo:

“Te ruego, hijo, que mires al cielo y a la tierra, que veas todo lo que hay en ellos y entiendas que de la nada Dios lo hizo todo; y que de la misma manera creó el género humano” (2 Macabeos 7:28).

Lo Uno, el alma y la transmigración

En la concepción neoplatónica, la transición del alma desde lo Uno al mundo sensible (“caída del alma”) le otorga a esta automáticamente la divinidad. Cualidad que desde la vereda cristiana es rechazada, ya que el alma también sería creación de Dios y su inmortalidad sólo sería otorgada por Dios como una gracia. A este respecto, Taciano calificó al alma como mortal por naturaleza. De acuerdo con la teoría del conocimiento platónica (“anámnesis”), el alma humana en el cuerpo –entendido como “prisión”–, afectada por el eros, es atraída a aquello que contemplaba en su estado anterior cuando estaba unida con lo Uno; es decir, por ejemplo, cuando en la tierra tropieza con algo bello, se acuerda de la belleza que contempló antes de su nacimiento (“caída”) y el eros nos conduce más allá de esa belleza, o sea, hacia la Idea de lo bello.

Aunque afirmada por Orígenes, la preexistencia del alma humana no es parte de la doctrina cristiana ortodoxa, porque –como ya aclaramos– el alma no es concebida como divina debido a una participación anterior con lo Uno en un mundo trascendente, sino como creación de Dios inmediata con el cuerpo, parte integrante de las cosas buenas creadas por Dios. No obstante, el rechazo de la “teoría de la reminiscencia” (anámnesis) de Platón fue el punto de partida para la idea agustiniana de “iluminación” y la manera en que, según san Agustín, conocemos las cosas.

El cristianismo se opuso a la idea platónica de la transmigración del alma –que presupone la eternidad de esta–. Respecto a la transmigración del alma, Russell señala:

“El alma del verdadero filósofo que, en vida, ha sido liberado de la esclavitud de la carne, parte, después de la muerte, hacia el mundo invisible, para vivir felizmente en compañía de los dioses. Pero el alma impura que ha amado el cuerpo se convertirá en un fantasma que vaga por las tumbas o entrará en el cuerpo de un animal, un burro, un lobo o un búho, según su carácter. Un hombre que ha sido virtuoso, sin ser filósofo, se convertirá en una abeja u hormiga, o algún otro animal gregario y sociable” [13].

En el Timeo, Platón sostiene que, si un hombre vive como una persona mala, será en la otra vida una mujer; los hombres inocentes, aves; los que carecen de filosofía serán animales feroces y los más tontos, peces. Si bien la doctrina cristiana sí afirmaba la postexistencia del alma en la resurrección, no le concebía una existencia continua y cíclica en cuerpos diferentes, lo que puso de relieve la unicidad de la vida del individuo y sus desiciones, así como una mirada lineal del tiempo. Esto último también tuvo repercusiones en una toma de postura respecto a las posibilidades de salvación: solo hay una vida y cada desición adquiere un valor enorme, porque nacemos y luego morimos.

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Notas

[1] Pannenberg, W. (2001). Una historia de la filosofía desde la idea de Dios: teología y filosofía. Ediciones Sígueme, p.44. (Obra original publicada en 1996).

[2] Giannini, H. (1997). Breve historia de la filosofía. Editorial Catalonia, posición 1944. Documento Kindle. Obtenido en Amazon.

[3] Pannenberg, Op. Cit., p.45.

[4] Ibíd., p.47.

[5] Grudem, W. A. (2005). Doctrina bíblica: enseñanzas esenciales de la fe cristiana. Editorial Vida, p.117. (Obra original publicada en 1999).

[6] Giannini, Op. Cit., posición 1959.

[7] Pannenberg, Op. Cit., p.64.

[8] Copan, P., & Craig, W. L. (2019). Ex Nihilo: creación de la nada. Publicaciones Kerigma, p.133. (Obra original publicada en 2004).

[9] Ibíd., p.137.

[10] Giannini, Op. Cit., posición 2254.

[11] Cf. Swinburne, R. (2010). Is there a God?. Oxford University Press.

[12] Copan & Craig, Op. Cit., p.10.

[13] Russell, B. (2009). Historia de la Filosofía. España: Editorial RBA, pp.182-183.

Referencias

Copan, P., & Craig, W. L. (2019). Ex Nihilo: creación de la nada. Publicaciones Kerigma. (Obra original publicada en 2004)

Grudem, W. A. (2005). Doctrina bíblica: enseñanzas esenciales de la fe cristiana. Editorial Vida, p.117. (Obra original publicada en 1999).

Giannini, H. (1997). Breve historia de la filosofía. Editorial Catalonia. Documento Kindle. Obtenido en Amazon.

Russell, B. (2009). Historia de la Filosofía. España: Editorial RBA.

Swinburne, R. (2010). Is there a God?. Oxford University Press.

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